Reportajes

Violencia estructural, el hilo que unió la muerte de tres tachirenses

Las aguas del río Táchira decidieron ser incontenibles el sábado 11 de junio, el mismo día en que Venancia Cárdenas emprendió un peregrinaje forzado hacia Colombia en busca de insumos vitales.

Su madre, quien sufre de la tensión y la tiroides, junto a su hermano diabético, necesitaban distintos medicamentos, de esos que suelen acompañar con muy poca frecuencia los anaqueles de las farmacias venezolanas. Esta realidad obligó a la mujer de 45 años a cruzar a través de una trocha, de aquellas que abrían ilegalmente las puertas al vecino país, mientras los pasos fronterizos oficiales permanecían cerrados por decisión presidencial.

Lesbia Cárdenas, hermana de la víctima, cuenta entre el dolor del recuerdo que, esa mañana de junio, Venancia se fue de casa sin avisar que cruzaría la frontera. Se enteraron alrededor de la 1:00 de la tarde, a través de una llamada que les informó del lamentable fallecimiento. Se había ahogado intentando cruzar el río Táchira.

“La necesidad la motivó a cruzar por la trocha, las medicinas de mi mamá y mi hermano no se consiguen; bueno, ahora no se consigue nada”, suelta Lesbia, mientras intenta reconstruir el episodio trágico que sufrió su familiar. “Nosotros creemos que mi hermana no logró cruzar a Colombia, porque a nosotros sólo nos entregaron el celular de ella. No tenía las medicinas que iba a comprar en Cúcuta”.

El Estado, responsable omnipresente

Aunque lo evidente expone que fue un arrebato de la naturaleza lo que terminó con la vida de Venancia Cárdenas, la investigadora Rina Mazuera, coordinadora del Observatorio Venezolano de Violencia en el Táchira, se sumerge en una causa más profunda, que termina arrojando a la superficie un concepto revelador: violencia estructural.

“Hay que revisar qué llevó a Venancia a cruzar el río, a correr el riesgo ante esa desesperación, y lo que la llevó a tomar esa decisión fue el no contar con las medicinas que le permitirían garantizar la salud de sus familiares. Por eso considero que es un caso de violencia estructural, cuestión que ocurre cuando en un país existe una serie de estructuras que causan que las personas no puedan satisfacer sus necesidades básicas, las que le permiten ser persona”, explica Mazuera.

No es fácil hablar de violencia estructural, advierte la representante del OVV, porque en estos casos no se tiene de frente al responsable. “No vemos un actor, a una persona que haga una actividad que directamente dañe a la otra, por eso es la más grave de todas”.

La escasez de medicamentos, esa que según relato de sus allegados impulsó a Venancia a cruzar el río Táchira, llegó en la red de hospitales nacionales a 76% en lo que va de 2016. Se trata de una realidad que empeora cada año: en 2015, este indicador se ubicaba en 67%, y en 2014 era de 55%, según información recogida por la organización Médicos por la Salud y apoyada por el Observatorio Venezolano de Salud.

La realidad en las farmacias no es distinta. Preguntar en varios establecimientos de San Cristóbal por cualquier ansiolítico o psicotrópico se transforma en el preámbulo para recibir como respuesta un predecible “eso tiene meses sin llegar”.

“Si el sistema político causa enfermedades, o el agravamiento de las mismas porque no se tiene acceso a las medicinas, efectivamente hay violencia estructural y el responsable es el Estado, porque este debe funcionar de tal manera que permita lo que dice la propia Constitución, que es un Estado social de derecho y de justicia y este debe girar en beneficio de la dignidad del ser humano”, precisa Mazuera.

Suicidios asistidos por la escasez

Transcurrieron 11 días desde el fallecimiento de Venancia para que la ausencia de medicinas en las estanterías influyera, de nuevo, en la muerte de otro tachirense.

Miguel Eduardo Parra, un comerciante de 59 años, decidió terminar con su vida ante un estado de depresión que no logró contener con Rivotril y Clonaz, los fármacos que habitualmente consumía por su condición y que llevaba unas dos semanas sin conseguir, según contó su esposa Teresa Contreras a Diario La Nación, luego del hecho, el 22 de junio.

Aunque no fue tratante de ninguno de los casos aquí expuestos, la médica Lorena Novoa, jefa del servicio de Psiquiatría del Hospital Central de San Cristóbal, explica en líneas generales que los fármacos representan 50% del éxito de gran parte de los tratamientos psiquiátricos.

“No hay ansiolíticos como las benzodiacepinas, antipsicóticos, no tenemos inductores del sueño, pacientes pasan noches sin dormir, lo que hace que presenten cuadros ansiosos excesivos. Su calidad de vida va en picada, en detrimento, y esto hace que en ese desespero algunos pacientes puedan pensar en la posibilidad de desvalorizar su vida”, expone Novoa.

El politólogo y psicólogo Francisco Javier Sánchez explica desde otra óptica la propensión a la violencia que causan estas circunstancias. “La violencia estructural nos lleva a comportarnos de maneras que no necesariamente reflexionamos, nos lleva a naturalizar comportamientos sumamente degradantes y agresivos”.

Además de la falta de medicamentos, Contreras relató a los medios en esa oportunidad que su esposo estaba inmerso desde hace mucho tiempo en la angustia, que no dormía, no quería comer, estaba sumido en la depresión y que en gran medida la situación económica habría influido en la decisión de Miguel Eduardo, pues su negocio no marchaba bien.

Una semana después, Yolanda Sayago, de 63 años, decidió replicar a Parra: se lanzó desde el noveno piso del Hospital Central, acabando con su vida. Ninguno de los dos estaba internado en ese centro asistencial.

La mujer era paciente psiquiátrica desde hace ocho años y tenía dos meses sin conseguir los medicamentos que ingería para controlar su trastorno del sueño y calmar sus episodios depresivos, cuenta Jeanyeleth Guillén, nieta de Sayago.

“La situación del país había influido mucho en sus depresiones, ella pasó de ser el alma de la fiesta de nuestra familia a vivir deprimida, en parte por la situación del país. Siempre estaba preocupada por la comida de nosotros, de qué íbamos a comer al otro día, esto, más la ausencia de sus medicamentos, causó que mi abuela tomara esta decisión”, describe la joven, con un tono agudo de indignación.

La crisis como “estresor”

El testimonio de Jeanyeleth, unido al de Teresa, dibuja una ecuación mortal. Por una parte explican que la situación económica del país profundizaba los cuadros psiquiátricos de sus familiares y, lo que podía aliviarlos, sus fármacos, no estaban disponibles como contención.

“La situación del país evidentemente es un ‘estresor’, percibimos el temor de la gente que no puede acceder a los productos más básicos para tener una buena alimentación o salud. Todo esto acrecienta la ansiedad, ahora el ciudadano se ve muy impactado por múltiples elementos de estrés que lo llevan a colapsar, y por eso terminan cayendo en grados fuertes de ansiedad y depresión”, expresa Novoa.

La especialista, que pasa consulta de manera periódica en el principal centro hospitalario del Táchira, ilustra con testimonios esta situación: “Hoy tuve siete pacientes y los siete pacientes están descompensados de sus síntomas, no están en un estado estable, están en crisis emocional, la mayoría de ellos con trastornos del sueño, trastornos de ansiedad, con mezcla de ansiedad y depresión, esa ansiedad más exacerbada, producto de que no consiguen los fármacos”.

Mazuera analiza que las condiciones que vive el país pudieran cambiar si existiera la voluntad gubernamental, lo que la hace responsabilizar al Gobierno nacional en gran medida del fallecimiento de estos tres tachirenses. “La situación no mejorará hasta que no se tome conciencia de la grave situación que vivimos. Por ahora pareciera que va a seguir este mismo problema”, opina la titular del OVV en la entidad.

Para el politólogo y psicólogo Sánchez, el tema de violencia estructural es complejo y más cuando se habla de suicidios, pero intentando profundizar en las muertes de Venancia, Miguel y Yolanda, evoca un fragmento de un escritor norteamericano: “Él intenta transmitir una imagen que va así: es como cuando un hombre decide saltar al vacío desde un edificio en llamas, salta porque no quiere morir calcinado”.

@ManuelRoa

Acerca del autor

Manuel Roa

Manuel Roa

Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Católica del Táchira. Tesista de la Licenciatura de Comunicación por la Universidad de los Andes. Egresado del Programa para el Fortalecimiento de la Función Pública en América Latina de la Fundación Botín y Brown University.

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