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Las colas en Táchira abren una espiral de violencia

Esa mañana de julio ordenaron dividir, en dos grupos, la larga fila de personas apostadas a las afueras de uno de los supermercados en Barrio Obrero; los que pagarían con efectivo y los que harían sus compras con tarjetas. El reloj de Omaira Barrueta marcaba las 5:30 a.m. y por instantes creyó que ese día, tal vez, podría hacer sus compras de productos básicos en menos tiempo del habitual, hasta que se percató de que todos caían en una trampa. Los organizadores de la cola no eran trabajadores de la empresa y tampoco estaban interesados en agilizar las ventas, lo único que pretendían hacer más sencillo era el accionar de su delito. Tres delincuentes empuñando armas de fuego decidieron arrebatarles a las personas el dinero con el que comprarían leche, harina y jabón. “Parece que hasta para que te roben se debe hacer cola”, dice Omaira.

El episodio no es aislado. Las largas filas de personas, que se han vuelto una constante del paisaje venezolano, son escenarios de los más variados episodios de violencia. “La situación es humillante e indignante. Las personas se exponen a estar en largas colas por necesidad, para comprar lo esencial para sobrevivir y además tienen que ser víctimas de estos maleantes”, cuenta la mujer de 62 años.

Ya sean para comprar alimentos o medicinas, recargar combustible o hacer transacciones bancarias las colas se dibujan como una oportunidad para el delito que los antisociales no parecen desaprovechar. “Son el blanco perfecto, las personas están allí expuestas en la calle con dinero en efectivo, con sus pertenencias y sin ningún tipo de protección. Lamentablemente los delincuentes tienen en las filas a centenares de posibles víctimas”, explica Ana María Rondón, criminóloga del Observatorio Venezolano de Violencia.

Las colas para surtir gasolina, tan propias de la cotidianidad tachirense, se presentan más atractivas para los ladrones, según Rondón: “En las colas de gasolina la gente ni siquiera tiene la oportunidad de salir corriendo y, casi siempre, los ciudadanos en sus autos usan dispositivos electrónicos apetecidos por la delincuencia”, comenta la también profesora de la Universidad Católica del Táchira, quien enfatiza que el delincuente actúa de manera racional y siempre evalúa la oportunidad y las recompensas de sus acciones delictivas.

Propagación de la violencia

La sombra de la violencia en las colas no solo se manifiesta en los robos. Las agresiones entre las personas expuestas a largas horas de espera empiezan a convertirse en un denominador común que toma rasgos alarmantes.

La disputa por un kilo de leche en un supermercado en Rubio desencadenó una pelea entre dos mujeres, que terminó en el apuñalamiento de una de ellas. “Una mujer llegó a colearse y otra no la dejó, empezaron a discutir y luego llegaron los golpes. La mujer que se coleó sacó un cuchillo y apuñaló a la otra; la gente solo se dispersó entre el desespero”, narra Rossana Rodríguez, quien fue testigo del hecho.

Rossana, una joven que constantemente se ve obligada a hacer largas colas para comprar comida, comenta que se nota el cambio de actitud en las personas con el trascurrir de las horas de espera: “En la mañana, la gente parece llegar con buena disposición; pero cuando llevan horas en cola empieza a frustrarse y a volverse violenta”.

La apreciación de la joven la reafirma Omaira, quien con cada anécdota traza el lienzo de violencia que se ha despertado a través de las colas: “Yo he visto muchas peleas, las personas luego de horas de espera se enfurecen, se insultan cuando ven que hay una mala distribución de los números para comprar, cuando llega alguien y se colea. La gente tiene mucha rabia”.

La violencia interpersonal se expresa con distintos actores, según Rondón: entre personas que están en cola, y entre estas y los trabajadores de los comercios o los efectivos de seguridad del Estado que, en ocasiones, resguardan los establecimientos. “En las colas se propician actitudes de violencia entre distintos personajes ante la frustración de sus expectativas”, precisa.

Signo de pérdida de libertad

Fania Castillo, psicóloga de la Universidad de Los Andes, argumenta que los venezolanos vienen interpretando las colas como un signo de pérdida de su libertad, por lo que reaccionan a los eventos que allí ocurren como si fueran un ataque a su dignidad y a su orgullo: “Cuando las personas están siendo impactadas por múltiples estresores, sus niveles de tolerancia a la frustración disminuyen y se desencadenan actitudes de mucha rabia ante cuestiones que, en situaciones normales, no parecieran ser tan preocupantes”.

La sensación de estar sometido, de ser humillado, de tener que doblegarse, engendra comportamientos violentos. “Depender del poder genera mucho resentimiento, esto desencadena una serie de pensamientos negativos que pueden motivar a las personas a agredir a los otros, hasta el punto de querer asesinar”, comenta Castillo.

La explicación de la psicóloga se ilustra en el asesinato de un delincuente quien intentaba asaltar a un grupo de conductores en cola  para surtir combustible, en La Guayana. El victimario fue un ciudadano a quien ese día la espiral de violencia lo empujó a hacer justicia con sus propias manos.

Al momento de buscar responsables, sin embargo, Rondón señala al sistema político que gobierna el país desde hace más de tres lustros: “Todos estos casos entran en el marco de la violencia estructural, es el Estado quien está sometiendo a las personas a hacer colas por sus excesivos controles y regulaciones en el abastecimiento de bienes y servicios. Ahí está la causa que hace exponernos a los venezolanos a este tipo de violencia”.

Mientras tanto, en un país donde las colas siguen siendo un signo distintivo, las personas continúan asumiéndolas ante la necesidad, pero cada vez con mayor precaución. Rossana cuenta que ya para las colas no lleva celular ni mucho efectivo, mientras a Omaira no le queda de otra que “encomendarse al Espíritu Santo.

*Este reportaje fue escrito por uno de nuestros editores para Diario La Nación en diciembre de 2016

@ManuelRoa

Acerca del autor

Manuel Roa

Manuel Roa

Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Católica del Táchira. Tesista de la Licenciatura de Comunicación por la Universidad de los Andes. Egresado del Programa para el Fortalecimiento de la Función Pública en América Latina de la Fundación Botín y Brown University.

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