Columnas

Venezuela y el porvenir chino

La dictadura está dispuesta a todo y una parte de ese todo lo demostró el 30 de julio. Sin ningún tipo de rubor, consumó el más bufo y evidente fraude electoral de la historia política venezolana. La camarilla gobernante optó, contra todo atisbo de sensatez, por imponerse a la inmensa mayoría que demanda el regreso de la democracia.

El resto del todo, al que están dispuestos, se condensa en la intención de eliminar cualquier tipo de disidencia política genuina y minar todo terreno propicio para el fortalecimiento de una alternativa democrática. La Asamblea Nacional Constituyente no será más que la herramienta precisa para blindar Miraflores, constitucionalizar la tiranía y lograr así gobernar a través de un único enclave de poder: la Fuerza Armada Nacional.

Sin embargo, muchos en la cúpula saben que gobernar a punta de fusil es insostenible. Las balas no alcanzan para siempre si se dejan sin resolver las causas últimas del conflicto. Las demandas políticas han sido y serán ignoradas mientras cuenten con el apoyo militar. Las económicas, podrían ser atendidas por un elemental instinto de supervivencia.

La nomenklatura chavista también sabe que no arreglará el descalabro económico si se sigue insistiendo en la receta marxista. Solo un viraje en esta materia podría aliviar uno de los orígenes de inestabilidad social y de la consecuente ingobernabilidad. El costo político, que ha sido una variable determinante en este asunto,  ya no sería tema para una dictadura confesa.

La crisis de liquidez internacional es otra de las razones por las que pudiera producirse una rectificación económica. El latente embargo estadounidense y el aislamiento internacional terminarán de profundizarla. El único acreedor posible para el chavismo sería el gobierno chino que, sin embargo, ya se ha mostrado reticente a seguir financiando el régimen si este no corrige su indefendible sistema económico. El gobierno de Pekín, al que poco le importa la democracia, sabe mucho de negocios.

Maduro, luego de encontrarse cómodo en términos políticos, pudiera como Deng Xiaoping realizar la reestructuración económica y así tratar de minimizar espacios para la inestabilidad social. Consiguiendo el margen de maniobra necesario para seguir eliminando, a través de los barrotes o las balas, a una oposición que supondrá disminuida, pero que aun así seguirá demandando derechos tan elementales como libertad de expresión y participación política.

Si el pragmatismo se impone en la dictadura estaremos más cerca del modelo chino que del cubano, ese que ya no le alcanza ni a los Castro. Esperemos que el ADN democrático venezolano se presente como barrera indestructible ante estas pretensiones de dominación absoluta.

Acerca del autor

Manuel Roa

Manuel Roa

Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Católica del Táchira. Tesista de la Licenciatura de Comunicación por la Universidad de los Andes. Egresado del Programa para el Fortalecimiento de la Función Pública en América Latina de la Fundación Botín y Brown University.