5x5

Eduardo Nassim Castillo: “El chavismo es la última expresión de nuestra falta de institucionalidad”

Eduardo Castillo impacta por su juventud y por la claridad expresa en su pensamiento acerca del desenvolvimiento sociopolítico de su país, Venezuela y de España donde ahora reside. Sociólogo (Universidad Central de Venezuela, 2010) con máster en consultoría política (Universidad Camilo José Cela, 2014) ha trabajado en campañas electorales con diversos partidos políticos, en gestión municipal, en un reconocido centro de pensamiento venezolano y ahora es investigador del Centro Internacional de Gobierno y Marketing Político de España.

Comparte sus lides académicas con la reciente fundación de la firma consultora españolaStrategos, lo que le permite opinar con certeza lógica sobre la crisis que afecta a su país natal y los desafíos de la nación petrolera. Compartimos sus apreciaciones en este 5×5:

1. El régimen chavista cimentó su poder encaramado en el dominio total del Poder Público Nacional, sin embargo, su propósito de consolidar una “hegemonía cultural” no parece haber cristalizado ya que no pudo impedir que en 2016 un 80% del país se le oponga contundentemente. ¿La hegemonía chavista es reversible o nunca fue tal?

Una de las primeras objeciones a las que se ha enfrentado el gobierno actual es la crítica que se hace sobre su incapacidad para capear las crisis. La fatalidad que van a enfrentar todos los gobiernos que vengan en los próximos años es que se les comparará con un tiempo pasado que siempre se asumirá como mejor, hasta tanto las preferencias políticas no den un cambio sustancial.

En la oposición existen dos perspectivas diferentes: aquella que asocia los años pre Chávez con condiciones sociales y económicas más estables (cosa que en parte es cierta); y aquella que podría catalogarse como los opositores del nuevo comienzo. Algo muy normal en nuestros países es que se prefiere siempre el borrón y cuenta nueva.

Se trata de algo que también sucede en otras latitudes, pero considero que en Venezuela hemos presenciado ejemplos frecuentes en nuestras democracias poco consolidadas de esto. Entonces la oposición vive con un pasado dividido, cosa normal al momento de alinear transversalmente a personas de todas las edades y partidos.

Dentro del chavismo la cosa es un poco más clara. Chávez será, para tirios y troyanos, la figura de referencia. Todo liderazgo de la izquierda, o mejor dicho izquierdas, será medido en base a la mitificación que se ha construido dentro del culto chavista. En esto, el sincretismo religioso encuentra en política a su hermano gemelo. Así como Bolívar pasó de representante de la burguesía independentista a proto-líder socialista; Chávez será, por décadas, nuestra versión tropical de Perón. Para el chavismo no importará, por ejemplo, el comercio petrolero con EEUU sino la proclama “marketera” del “huele a azufre” en las Naciones Unidas.

La hegemonía cultural del chavismo no se expresa en temas macro, no veremos victorias aplastantes del chavismo partidista, sino del chavismo cultural. Aquí la pregunta que quizá conviene más es ¿es el chavismo la última expresión de nuestra perenne falta de institucionalidad? Probablemente así es. Nuestra joven democracia venezolana ha vivido ejemplos similares. ¿Qué es el culto a Betancourt, guardando las olímpicas diferencias cromáticas entre éste y Chávez, sino una versión adelantada?

La hegemonía mediática del chavismo fue, y sigue siendo, muy hábil en manejarse en los marcos establecidos por otros antes que él. Pero ha sido mucho más hábil en redefinir detalles que van a marcar la política que viene. Hubo épocas en las que Venezuela no tenía una Misión Vivienda y la gente compraba casas, no existía Misión Mercal y los abastos estaban repletos a precios accesibles, y en la que no existía Misión Patria Segura y nuestros índices de delincuencia, violencia y muerte eran mucho más bajos.El problema está en que el marco político hoy no se concibe sin la existencia de estas iniciativas fracasadas. Y casi todas las alternativas políticas están de acuerdo con que estas políticas no sólo eran necesarias sino deseables en un país. Se ve en los discursos, en la vida dentro del marco que el chavismo aprovechó y redefinió en nuevos límites. El rechazo tan generalizado debe leerse con lupa, no todo el 80% que se menciona rechaza al chavismo, repudiar las consecuencias del sistema no se debe necesariamente a posturas contra el sistema.

2. La debacle de la institucionalidad republicana se demuestra en la proliferación de la delincuencia y de las actividades ilegales o criminales que atraviesan a la sociedad venezolana. Entonces, ¿una mayor represión del Estado hacia la población puede ser recibida con beneplácito o incitar a ulteriores olas de violencia como las “Guarimbas” de 2014 y los “linchamientos” de estos días?
La mano dura es una política que generalmente gusta en momentos como el actual. En otros países se suele asociar con tendencias más conservadoras, pero la incapacidad por parte del Estado de proveer servicios mínimos de seguridad, promueve actitudes a favor de medidas más definitivas contra la delincuencia.

La última vez que revisé datos de impunidad las cifras alcanzaban a 92 de cada 100 casos. Estamos hablando de que en un país 92 de cada 100 hechos delictivos quedan impunes, es una cifra impensable en otras latitudes. No sólo hablo de países de la OCDE, no nos estoy comparando con Suecia o Finlandia (casos fetiche de la oposición), sino con vecinos latinoamericanos. Salvo países centroamericanos como El Salvador, Honduras y Guatemala, Venezuela constituye un caso paradigmático de cómo no debe manejarse la justicia.

Hoy vivimos una situación que se antoja crónica. No es extraño ver en redes sociales o noticias el más reciente linchamiento de delincuentes. Es la comunidad, como unidad primitiva de reacción, que toma la justicia en sus manos. La comunidad (digamos esporádica, porque no se ven grupos de reacción de zonas haciendo de vigilantes), son transeúntes que reaccionan al ver un delito. Pero la acumulación de frustraciones es tal, que la justicia no es rehabilitadora sino punitiva.

Los impulsos de las comunidades son la implementación del juicio y la pena in situ. Entender que en Venezuela la denuncia y el debido proceso son ficciones, permite explicar por qué la salida a la delincuencia parece ser simple y directa: la eliminación del elemento que delinque. Es la comunidad, bajo el liderazgo de algún sujeto, que decide que el culpable merece el mismo trato que provee a sus víctimas.

Es algo que suele pasar cuando las perspectivas de obtener justicia por los canales tradicionales de las sociedades modernas se frustran. Por ello no sería de extrañar en la sociedad venezolana el deseo de políticos que puedan asociar al Padre Severo. Esto es algo que funciona en casi todos los países, un arquetipo de político que se suele preferir dependiendo del contexto, aunque parece que todas las sociedades tienen niveles de respaldo a este tipo de liderazgos.

Hallazgos recientes de la neurociencia muestran que una de las formas más eficaces para triunfar electoralmente está en la estimulación de los impulsos más primitivos en las personas. Se trata de incidir en el cerebro y sus reacciones, y uno de los instintos más primitivos, si acaso el que más, es el de preservación. La irracionalidad de la supervivencia se activa cuando nos sentimos realmente amenazados, y el venezolano hoy se siente amenazado a diario. Las respuestas no políticas son de esperar, y las aspiraciones de mano firme son una consecuencia electoral de esas necesidades básicas insatisfechas.

La confianza en las instituciones ha descendido durante años, y resulta cíclica la circunstancia en la que la población demanda liderazgos fuertes con mano dura para combatir los problemas. Chávez ha sido nuestro último hombre fuerte hasta ahora. Maduro ha sido un incompetente en temas de asumir ese estilo de mando, por más esfuerzos que ponga, la crisis golpea su imagen, no tanto ya la de un Chávez que hoy, y cada vez más, será asociado con un tiempo pasado mejor.

Esta mitificación que comentaba antes es un proceso natural. Daniel Kahneman ha encontrado evidencia de que conforme va pasando el tiempo, las experiencias traumáticas van perdiendo peso en la consciencia de las personas. Todo conduce a que, al largo plazo, se prioricen los recuerdos positivos. Si a esto sumamos la predisposición de las personas a desechar aquello que va en contra del orden asumido como natural (definido en los marcos de interpretación generados y reproducidos por las instancias de socialización), es de prever la existencia de un chavismo que perdurará por décadas.

Sin embargo, los marcos pueden redefinirse, en comunicación política las campañas educativas suelen tomar más tiempo, por eso suelen hacerse desde el gobierno y no desde la oposición en período electoral. Asumir que se pueden reestructurar los marcos de interpretación en la población durante las semanas o meses de campaña es ilusorio. Desde mi punto de vista, puede ser esta la carta oculta de la oposición venezolana, que se evita anunciar, por temor electoral.

3. El “estado de bienestar” en Venezuela ha sido llevado al paroxismo con la provisión que el Estado ha hecho de salud, educación, vivienda, alimentación, transporte y becas. Tomando sin analizar en profundidad la dimensión de esas políticas públicas, entonces podríamos dar por cierto que el chavismo ha traído un notorio progreso para el país. ¿Por qué todos los informes serios de organizaciones académicas nacionales e internacionales acusan a que mientras mayores recursos erogó ese Estado “revolucionario” el país retrocedió en los órdenes sociales que buscaba mejorar?
Tener a un gobierno ocupando las tareas que ocupa el gobierno venezolano es volver a una lógica de organización primitiva, arrogante, y destructiva. Lo que se ha hecho en Venezuela es un sinsentido, los hallazgos en temas de administración pública favorecen una descentralización muy ordenada en la que administración central y local se compaginen (y no solapen). Pero no se trata sólo de la descentralización, proyecto inacabado de toda nuestra historia, a la que Bolívar (cómo no, quien tiene la primera y última palabra en nuestro país) rechazaba.

Hablo de una organización primitiva porque la centralización de todo se hallaba en las comunidades más primitivas donde la administración era propietaria y distribuidora de los bienes. Así en Asia, como en Europa, la propiedad colectiva implicaba necesariamente la administración de recursos escasos por parte de algunos.

Bertrard de Jouvenel, en su libro “Sobre el Poder”, hace un recorrido muy interesante en torno a la aparición y desarrollo del absolutismo: las coronas europeas generaron burgos a fin de minar la capacidad de la nobleza. Así, las incipientes monarquías absolutistas fueron ganando cada vez más poder, especialmente en temas financieros con lo que pudieron desarrollar burocracias más amplias y ejércitos permanentes. Las coronas no se limitaban a esto, pero eran sus temas principales.

Mucho tiempo parece haber pasado desde entonces, puesto que la administración hoy se encarga de tareas tales como la producción de alimentos y pañales. En otros países el gobierno no asume estas tareas y no se encuentran al borde del colapso. Sólo en países como Venezuela la lógica parece ir en otra dirección, se busca ampliar la incidencia del gobierno. La administración pública se percibe como ineficiente, pero se le invita a casa porque, aparentemente, trae abundancia.

El problema radica en que la democracia genera incentivos. Schumpeter diría que la democracia es un mercado en el que los oferentes (políticos) tienen todos los motivos para incrementar competitivamente su oferta electoral, ante un cada vez más demandante electorado. Los venezolanos crecemos con la idea fantástica de que vivimos en un país rico, pero la riqueza de la gente no se mide en reservas petroleras bajo los pies o en depósitos, mucho menos en playas y montañas. En Hong Kong no hay recursos naturales como en Venezuela, y son cuantitativamente y cualitativamente, más prósperos.

Se trata de un problema antiguo ya para nosotros. La riqueza en Venezuela no se ha asociado nunca a una empresa funcionando, sino al tesoro, las monedas de oro en el baúl, guardadas, acumulando polvo por décadas. Por ello el venezolano crece pensando que vivimos en el mejor país del mundo, pero que las élites malvadas se aprovechan de las infinitas riquezas. Es una mentira que damos gratuitamente en el país, y por la que pagamos (o pagábamos) millones en campañas de promoción al turismo en el extranjero.

Un día despertamos en los años 80 y vimos que no éramos ricos, ni productivos. Como Calibán mirándose al espejo, nos repugnó lo que vimos y creímos nuevamente en líderes que prometían poner todo en orden. Los 90 no fueron distintos, nuevas crisis y la cola de la beca fueron premonitorias. Somos un país pobre, que cuando se ve en el espejo siente que mira el resultado de un maltrato coyuntural. Pero nos cuesta entender que ese maltrato es estructural en nuestra historia.

Venezuela atestigua las consecuencias del Estado de Bienestar. A la larga, es insostenible sin ajustes, sea en mayores impuestos (que se intentó, y que incluso para los europeos tiene sus límites), o en recortes a las funciones del Estado. Nuestra historia de amor con el Estado de Bienestar tampoco es nueva, sólo que durante décadas se sostuvo en ingresos petroleros y endeudamiento cuando los precios del oro negro descendían.

Los resultados se ven a la larga porque si sales de la pobreza recibiendo un subsidio, vuelves a ella cuando ese subsidio termina (si es que puede considerarse salir de la pobreza estar en situación de dependencia del aporte del Estado). La multiplicación de subsidios a la que el chavismo nos condujo, desencadenó una espiral de gasto. Cuando los precios del petróleo descendieron, se recurrió al endeudamiento con socios políticos internacionales. Pero la estructura actual es insostenible al largo plazo, aunque muchos afirmen que Venezuela siempre podrá endeudarse más, en algún momento habrá que pagar. Soy de los que creen que lo peor está aún por venir.

4. Dándole un vistazo a las organizaciones políticas venezolanas, se percibe un consenso que en Europa se llamaría “de izquierdas”. Por lo tanto, la Oposición es más “antichavista” que “antisocialista”. Las reformas que sacarían a la nación de la crisis actual pasan por el pragmatismo del centro político y la apertura al mercado. Ya que el modelo chino pudo conciliar a la dictadura con el capitalismo, y que Cuba se orienta en un camino similar, ¿crees posible que si ocurre una transición en Venezuela sea por el camino de la izquierda y la cohabitación con el chavismo?

Precisamente ahí está uno de nuestros grandes problemas. Hay autores, con los que puedo tener algunas coincidencias o desencuentros, que afirman la importancia de tener un centro político. Nuestra crisis ideológica, porque la hay, viene del proceso de abandono de la formación ideológica. Se podrá decir los que quiera sobre los partidos “tradicionales” venezolanos, pero ellos se movieron en temas de formación. Esto es clave, porque en política la formación no sólo es deseable, sino necesaria.

Desde los 90’s ese tema entró en desuso. Las ideologías pasaron a un segundo plano. No es que anteriormente había los grandes enfrentamientos de ideas, básicamente nuestra democracia es producto de un consenso entre partidarios de la socialdemocracia y el socialcristianismo. Son dos corrientes que se pueden odiar a muerte, pero que se sientan en la mesa porque sus diferencias son graduales.

Es un problema que hunde sus raíces en la incapacidad de las derechas, sí, en plural porque tampoco hay una sola, para construir alternativas. ¿Cómo es posible, por ejemplo, que se hable de derecha en Venezuela cuando los partidos más a la derecha están inmersos en corrientes indefinidas que reclaman para sí ese centro inexistente? Y digo inexistente porque para que exista un centro, debe haber bandos a los lados. El centro hoy sería una especie de socialdemocracia-no-tan-chavista.

Isaiah Berlin, en su famoso ensayo “Two concepts of liberty” decía, acertadamente pienso, que cuando los fines están acordados, sólo resta decidir el cómo alcanzarlos, y esas discusiones son técnicas. Venezuela hoy, así como hace años, vive una coincidencia de fines, nuestras discusiones han terminado siendo técnicas, gradualistas.

Hoy se discute cómo el Estado puede proveer alimentación a la gente, no si ése es un fin deseable para el Estado. O cómo se pueden construir más viviendas estatales, asumiendo que es un deber de los gobiernos. Se discute cómo el Estado puede controlar mejor la renta, no si el manejo estatal de la renta es deseable. Nuestras discusiones hoy son más de qué técnica es mejor para lograr el fin al que, supuestamente, todos queremos llegar. De existir hoy un consenso, es este consenso de las izquierdas, que discuten y debaten quién va a ser mejor centroizquierdista.

Insisto, la derecha hace muchísimo tiempo que abandonó el debate, y hoy hace esfuerzos por recuperar espacios. Sucede que no se puede culpar sólo a un sector de esta hegemonía. Si tú dejas al otro equipo sólo en el partido, no puedes pretender que te dejen ganar a ti.

Afortunadamente hay también nuevos consensos, a los que podemos denominarles, marginales (porque los dejan al margen del discurso). Uno de ellos es que no se puede salir de la crisis sin cambiar lo que se ha hecho durante mucho tiempo, más que los años del chavismo, por cierto.

Una situación nunca antes vista merece que se haga un replanteamiento, que aparezcan otras alternativas. Nuestro problema no es de gerencia, sino sistémico. Un mejor gerente sólo retrasaría las crisis. Imaginen que todos los años se pierden 1 millón de dólares en deuda, entonces traemos al gobierno a un gestor que logra que se pierda sólo la mitad. Es un avance, pero seguimos perdiendo dinero, aunque con más parsimonia.

Se trata de que el Estado no siga siendo la sangría que es hoy. Aunque veo casi imposible que se cambie la lógica rentista, las medidas redistributivas, y hasta cierto punto el tema inflacionario, sí que podríamos ver la suavización de las consecuencias. Digamos que la voracidad de aplacará.

Pero pongamos un caso, ¿qué se hará con los millones de empleados públicos en nómina? ¿De verdad habrá algún liderazgo en la oposición que quiera terminar con eso? ¿O con el tema de las misiones? Creo que lo más sano es moderar las expectativas.

Vamos, en el hipotético caso de una victoria opositora, a la administración de la crisis, no a su solución definitiva. Claro, esto es comprensible, no se puede pretender tampoco que los objetivos de mediano y largo alcance predominen, especialmente cuando se depende de la sustentabilidad de mayorías en el corto plazo.

Efectivamente considero que iremos a una cohabitación entre las izquierdas que hoy predominan, y una (s) derecha (s) incipiente (s) y marginal (es) electoralmente que buscará (n) espacios como alternativa (s).Sean bienvenidas pues todas las alternativas, yo considero que es sano para la democracia que aparezcan nuevas ideas en la mesa. No que se propongan con timidez, como ha sido hasta ahora, sino que se planteen con la seriedad que ameritan políticas que se implementan y triunfan en otras latitudes, pero que en nuestro país parece que generan un miedo demasiado cavernario.

5. Como millones de venezolanos, has tomado el camino del exilio y ahora resides en España donde sigues trabajando en la consultoría política. La “madre patria” se encuentra en una crisis política donde ni el partido gobernante (el Partido Popular) ni las múltiples oposiciones (desde el Partido Socialista, pasando por Podemos y Ciudadanos) logran ser el factor dominante para siquiera formar gobierno. La abdicación del Rey Juan Carlos I y la asunción de Felipe VI como el jefe de una monarquía que no concilia el respaldo de toda la clase política, configuran un cuadro delicado al que no sabemos si calificar de ingobernable. ¿Cuáles son los desafíos para la España de hoy?

Hay que ver que existe en España un porcentaje irreductible de ciudadanos republicanos, incluso muchos son republicanos a rabiar. Asimismo, existe otro porcentaje irreductible de monárquicos. Son sectores aparentemente irreconciliables. Pero si se mira las encuestas relacionadas con el tema de la monarquía, la abdicación de Juan Carlos I, y el reinado de Felipe VI han sido bien recibidas.

Las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas nos hablan además de otro clivaje fundamental: Centralismo vs Federación. Durante mucho tiempo este ha sido uno de los clivajes más útiles para partidos que no necesariamente representan a la mayoría, para posicionarse. Así, vemos al Partido Popular y a Ciudadanos, como partidos marcadamente centralistas. Esta es una postura que incluso puede encontrar simpatías en electores de la centroizquierda.

Ahora bien, uno de los retos para España viene del terreno político. ¿Cómo renovar la política actual? Esa es una pregunta que se hacen los partidos que defienden el orden constitucional que se estableció en 1978. ¿Cómo derrumbar la política actual? Esa es la que se hacen partidos que suelen asociarse a posturas antisistema.

Hablamos de Podemos, pero también de partidos regionales que, siendo similares en ideas a Podemos, también agregan componentes regionalistas y separatistas. Para el sistema político español, el reto será incorporar realmente a los sectores. Es algo que parece imposible, aunque en 1978 se sentaron a negociar Santiago Carrillo (del Partido Comunista) y Manuel Fraga (ex ministro franquista y fundador de Alianza Popular, uno de los pilares del Partido Popular).

A lo interno de este desafío existe un reto adicional, cómo puede un sistema tan joven hacer frente a la aparición de organizaciones antisistema, abanderadas de posiciones ideológicas que van en contra de los principios de las democracias liberales occidentales. Estamos ante una democracia que se ha visto superada por la crisis y la falta de horizontes trascendentales, al menos dentro del mismo sistema democrático.

Las formas parlamentarias habían permitido hasta ahora, de forma más o menos simple la formación de mayorías. El sistema electoral beneficia a los partidos con amplio respaldo, o a aquellos que se concentran territorialmente. Por esto, la situación actual es tan incómoda. Por primera vez se ha tenido que repetir las elecciones.

En España se puede formar gobierno con 176 diputados, en las elecciones anteriores, tanto el Partido Popular como el Partido Socialista Obrero Español habían obtenido, si no mayorías absolutas, sí que los diputados suficientes para formar gobierno con un acuerdo puntual con un partido o dos.

Hoy la cosa se ha complicado, tenemos una España dividida en 4. Los dos partidos tradicionalmente mayoritarios PP y PSOE, ya no superan el 60% de los apoyos; los “nuevos” partidos (Podemos y Ciudadanos) suman cerca del 35% de los votos (mientras que los partidos pequeños y regionales siguen repartiéndose el resto).

Hay que sentar más gente en la mesa, y los actores que tienen en sus manos algunos pocos, pero decisivos escaños, pueden aprovechar su capacidad de veto para presionar con más fuerza. Por ello no es previsible la formación de gobierno, a menos que alguno de los partidos crezca con fuerza en las próximas elecciones.

Siempre se ha afirmado, basados en los datos de los sondeos, que España es un país con el corazón en la centroizquierda, pero en el que quien conquista el centro vence. La fragmentación de la izquierda entre varios partidos permitió al PP vencer en varias oportunidades, e incluso alcanzar mayorías absolutas en dos oportunidades. Sin embargo, hoy estamos en un contexto multipartidista de centro dividido, en el que los votantes autodefinidos como centristas están muy disgregados, por lo que es posible que el voto fiel de los extremos ideológicos tenga mayor peso.

Lo que se viene en España es un proceso inédito de negociaciones a fin de evitar la inestabilidad que ya incide en la confianza económica. Y esto conecta fuertemente con el segundo gran reto del país: generar crecimiento estable. Los datos macro parecen respaldar la política del gobierno actual. Si bien ha pasado factura el hecho de no haber cumplido con el programa propuesto, pareciera que ya lo peor de la crisis pasó y que se está reactivando la economía desde hace ya un año.

Lo cierto es que el reto económico es clave, porque los electores votan también con el estómago. A nadie le han agradado los incrementos en los impuestos que hubo durante la legislatura pasada. Como tampoco sentó bien despertar un día y darse cuenta que España no sólo estaba en crisis, sino que había vivido una ficción por mucho tiempo.

La crisis genera el reacomodo de la estructura productiva. El fracaso de los grandes proyectos habitacionales, hoy desiertos, la espiral de construcción pública con aeropuertos y estaciones de tren desiertas, todo ello era insostenible. Pero durante años se pensó que no, o nadie miraba en esa dirección.

Hoy la realidad es otra, y la aparición de los antisistema es evidencia clara de que algo cambió. Si España no consigue salir de forma sostenida de la crisis, las opciones rupturistas tendrán mayor poder. No es casualidad que el independentismo crece en contextos de crisis económica.

Finalmente, creo que debe apuntarse un último reto, que quizá subyace a los otros dos. España es un país con un ojo mirando al pasado de forma permanente, se viven recordando los buenos años de la democracia, sin entender que ya no se puede volver a vivir como entonces. Se asume que lo importante es cambiar todo lo que hay, sin entender que lo actual tiene sus aspectos constructivos.

Hay en la dimensión cultural algo latente, un apego a formas casi autodestructivas respecto a las instituciones. Todo parece estar en la peor situación. Quizá se trata de un problema generacional: los jóvenes de hoy parecen preferir, mayoritariamente, aunque no totalmente, una ruptura radical con lo que hay. Considero que darle la espalda al pasado condena a omitir aprendizajes.

Existe también una postergación del coming of age, quizá producto del amparo del Estado de Bienestar. Hoy el español está más inconforme que nunca, pero esta generación no ha vivido lo que sus abuelos o padres. No ha habido guerra ni postguerra, tampoco transición democrática. Podría decirse que faltan grandes horizontes transformadores en un marco democrático representativo.

Creo que es una fatalidad de todas las democracias de avanzadas, llega un punto en que la costumbre promueve ajustes cognitivos. Y cuando las dificultades tocan la puerta, ya no estamos preparados para afrontarlas. Preferimos evadirnos, en el viaje semanal o la bebida diaria. Es un agotamiento, no quiero decir espiritual, pero a falta de otro término me quedo con ese.

Pasó en Venezuela, y el chavismo lo aprovechó; pasa en España y, por ahora, veremos